Ganar la calle

 

Protesta, redistribución y combate a la desigualdad en democracia

Nos gusta pensar que los buenos ganan, que a los que se esfuerzan les termina yendo bien, que nuestras parejas no miran a otras personas y que la gente vive mejor en democracia.

Empecemos con un ejercicio muy recomendable para aplicar a todo lo que solemos dar por sentado y rasquemos un poco en nuestro sentido común: ¿por qué es mejor vivir en democracia?

La democracia tiene un poco que ver con que el poder político no esté concentrado en un grupo de personas sino que el pueblo, todos los ciudadanos, gestionen la política. La idea sería que nadie decida por nosotros, ya sea interpretando nuestros intereses a su parecer o directamente siguiendo los suyos y nada más. Por eso, como régimen político (que es la forma en la cual se accede al poder político, se lo usa y, oportunamente, se lo deja), el democrático vendría a ser el que más posibilidades nos da de manifestar nuestros intereses y alcanzarlos interviniendo en las decisiones políticas. Pero llevar esta idea abstracta a la práctica no es un tema menor. Y por mucho que intentemos customizarla, nuestra democracia-realmente-existente nunca nos queda como la de la foto.

En sociedades donde somos un montón y hay millones de decisiones para tomar cada año, resultaría poco práctico que todos estuviéramos todo el tiempo gobernando. Es entonces cuando aparece la idea de representación: elegimos a representantes a los que les delegamos (NO les cedemos) nuestra parte de poder político. Y los elegimos usando el medio distintivo de la democracia: votar en elecciones (libres, regulares y limpias −que nadie haga trampa−) .

Ahora bien, cuando como ciudadanos ejercemos nuestro poder político, ¿sólo lo hacemos participando de un acto electoral? En concreto, ¿qué más podemos hacer en democracia para dar a conocer nuestras necesidades o hacer las cosas que queremos y nos interesan?

Hay quien dice que donde hay una necesidad hay un derecho. Pero lo cierto es que es bastante menos simple, y en los hechos hay un complejo y sinuoso camino entre la necesidad y la construcción/reconocimiento de un derecho. Camino que no siempre se recorre.

Primero, uno mismo podría no saber los problemas que tiene. O podría pensar que sus problemas son personales, aunque en realidad muchas veces las realidades individuales tienen muchísimo que ver con condiciones sociales y económicas colectivas. Pero sobre todo, si ya para uno es complicado saber lo que necesita, ni hablar de que el otro se dé cuenta sin que se lo digas.

Y no se trata sólo de poder decir, sino también de hacerse oír. El que no llora no mama dice la letra de un tango, y yo que tuve un par de críos doy fe; ¿les habría dado de comer igual si no hubieran llorado? Capaz no a la hora que tenían hambre o capaz con menos frecuencia.

¿De qué manera las personas pueden comunicar sus demandas? En democracia existen principalmente tres mecanismos que los ciudadanos pueden usar para hacerse oír en sus intereses, necesidades y reclamos.

El primero que viene a la cabeza de muchos, pegadito a la idea de democracia, es el que comentamos más arriba: votar representantes. Elegís a los partidos que más cerca están de tus intereses. O dejás de votar a aquellos que se fueron a la banquina haciendo las cosas que te perjudican o no te gustan. Como dependen del voto de la mayoría, los candidatos se preocupan por tu opinión y por la opinión de muchos (bah, por la opinión pública). Por eso lo que dicen en campaña es la definición misma de políticamente correcto: intentan no ir en contra de las ideas más fuertemente instaladas en la opinión pública (rara vez escucharás en los meses de campaña electoral cosas como ‘Cuando sea presidente voy a despenalizar el aborto’, o ‘Vamos a regular las sustancias para desalentar el negocio del narcotráfico’).

Aun si lo manejan bien, y si llegan al poder esquivando definirse sobre temas polémicos, la opinión pública sigue pesando porque tiene la herramienta del voto para evaluar lo que los representantes hicieron. Es decir, pueden votar para manifestarse en apoyo o rechazo al partido o candidato que hoy está en el poder. Los que estudian este voto, y lo interpretan como resultado de un juicio retrospectivo sobre la gestión de gobierno, llaman a este fenómeno ‘accountability electoral’. Más popularmente conocido por la prensa como ‘costo político’ de determinadas acciones u omisiones del gobierno.

Y acá es donde entra en juego algo fundamental: saber y entender lo que un gobierno hace es un derecho de los ciudadanos para poder evaluar su gestión. Por eso los actos de gobierno deben ser públicos (en dos sentidos: compartidos y conocidos). También por eso es tan importante evitar que la prensa sólo publique lo que el gobierno quiere (por ejemplo, porque depende de la guita que pone en publicidad oficial), o lo que a un medio le interesa decir porque está en contra de un gobierno. Y he aquí una de las claves que nos permite unir la idea de democracia con las de acceso a la información, libertad de prensa, y pluralidad y desconcentración de los medios de comunicación.

Votar tiene la ventaja de que, si tu preferencia coincide con la de la mayoría (o primera minoría, por lo menos), gobiernan los que vos querés. Lo malo es que sólo podés expresar tus preferencias en las elecciones, la variedad de la oferta electoral es muy limitada y, muchas veces, incluso tus preferidos le pegan mucho en el palo a la hora de garantizar lo que querés. Eso y que podrías no ser parte de la mayoría.

Una segunda forma de manifestar intereses y canalizar demandas en democracia es la que apunta directamente a los decisores. Por medio de presión o influencia, determinadas personas o grupos consiguen lo que quieren. Ahí entrarían sindicatos o cámaras empresariales, que lo hacen de manera pública y en ocasiones hasta regulada por el mismo Estado. Pero muchas veces los que presionan son grupos o individuos muy influyentes mucho menos públicos, en las sombras.

Lo bueno de esta forma de demanda (para quienes la usan) es que permite conseguir con mucha precisión lo que necesitan, y ni siquiera tienen que esperar que vengan las elecciones. Lo malo (para los demás) es que para demandar así necesitás información muy precisa sobre las consecuencias de las decisiones políticas, conocer quiénes deciden, lograr que te abran la puerta y alguna moneda de cambio, una carta de peso, para que escuchen lo que querés. ¿Qué pasa?, ¿vos no tenés nada de eso? Será porque esta no es la forma de demandar que usamos la mayoría. Esta es la de los gatos del barrio, la de los que pechean, la de los que si te piden un mango en la calle se los das porque perdés: los que tienen poder y lo saben.

Cuando este mecanismo se activa y tiene éxito, las políticas pueden quedar subordinadas a los intereses particulares de aquellos que presionan. Por ejemplo, la empresa que no cuida los derechos de los trabajadores y amenaza con irse y dejar sin empleo a gran parte de un municipio; los que resisten que se les cobren más impuestos; los que sobornan; los grupos o instituciones que quieren que la legislación se base en sus valores religiosos, aunque el Estado no responda (responda, deba responder, poteito, potato, SEPARACIÓN DE LA IGLESIA Y EL ESTADO) a ningún credo ni deba hacer política pública fundada en creencias particulares. Pero el problema no pasa por el hecho de que se beneficien unos pocos, dado que a veces el gobierno puede hacer cosas para unos pocos que lo necesitan (como las personas con limitaciones motrices). El problema es que las razones que fundan ese beneficio se basan en la desproporcionada influencia de estos grupos y personas sobre el gobierno. Y puede pasar que ese beneficio resulte en el perjuicio de la mayoría.

Finalmente llegamos a la tercera manera de expresar demandas. Una forma que se puede usar en situaciones específicas, en períodos entre elecciones, para la cartera de la dama o el bolsillo el caballero, especialmente recomendada para cambiar de régimen  (acá otros tips), pero muy muy usada en el día a día de la democracia: la protesta en las calles.

Preparando una clase de política argentina para un grupo de estudiantes extranjeros descubrí que podés hacer una cronología de la democracia con fotos de protestas emblemáticas. Desde el reclamo por la liberación de Juan Domingo Perón, pasando por el paro general de 1982 contra la dictadura, y terminando en las recientes movilizaciones del colectivo Ni Una Menos o la protesta en contra del beneficio del 2×1 para los delitos de Lesa Humanidad.

Las movilizaciones emblemáticas son aquellas que demandan masivamente por algún derecho postergado o situación excepcional. Desde el derecho y la ciencia política, gente como Roberto Gargarella o Guillermo O’Donnell han sugerido que la protesta es el derecho democrático por definición, porque es el que permite moverse por fuera de los mecanismos institucionales para poder ampliar el borde de los derechos protegidos.

Pero además de las protestas enormes, y a veces mega excepcionales, están las protestas que podríamos decir ‘regulares’, en las que los actores salen a la calle con una frecuencia que las hace casi cotidianas. Protestas de actores puntuales con demandas puntuales.

Pensando en las formas de hacer visibles demandas en democracia fue que con Ernesto Calvo conectamos las protestas regulares con la reducción de la desigualdad en democracia. Esas protestas que se hacen para reclamar directamente al Estado recursos para atender necesidades de un grupo o colectivo.

La idea de que la democracia podría ayudar a reducir la desigualdad apareció inicialmente ligada a la importancia del voto. En 1981 sonaba esto y dos autores, Meltzer y Richard, sugirieron una idea que nos sedujo: si hay desigualdad, las personas van a votar a gobiernos que redistribuyan hasta reducirla.

Claro que su trabajo no podía explicar, por ejemplo, por qué algunas democracias redistribuyen más que otras, o por qué en algunas la desigualdad es persistente. Nos planteamos que, a lo mejor, la democracia sí que tiene potencial para reducir la desigualdad, y que las chances de que el gobierno hiciera algo efectivo para reducir la desigualdad podrían estar ligadas a la capacidad que la gente tenga para visibilizar sus demandas, ya sea votando, influyendo o protestando. Nosotros nos preguntamos, puntualmente, por el papel de las protestas.

Hicimos un estudio de la relación entre protestas y desigualdad entre 2003 y 2011. En este periodo hubo bastantes concesiones a las protestas por parte del gobierno nacional, que se traducían en la distribución de programas sociales que podían ser repartidos con cierta discrecionalidad (un poco a ojo). Es decir, había recursos que se entregaban según el criterio del funcionario de turno. Y las organizaciones sociales, en general, demandaban por estos recursos como pueden hacerlo: protestando en las calles.

Lo que hicimos entonces fue analizar la relación entre las políticas asistenciales y la reducción de la desigualdad en la distribución (o sea, reducir el valor del índice de Gini), comparando su efecto entre provincias y en el tiempo. Vimos que había muchas diferencias y que las variaciones no podían ser explicadas por las características sociales, económicas o productivas de dichas provincias. Entonces relacionamos el efecto redistributivo de las ayudas sociales entre provincias con la frecuencia de las protestas (usamos una buena base para contar protestas).

Los resultados fueron que las protestas correlacionan con la reducción de la desigualdad. Lo que interpretamos es que las protestas colaboran para que el gasto que hace el gobierno en ayudas sociales sea más efectivo para reducir la desigualdad, y que esto tiene que ver con su potencial para hacer visibles demandas que previamente estaban postergadas. Y, como preguntaría la bobe, ¿esto es bueno para los judíos? o, dicho de modo que tenga sentido no sólo para mi abuela, otro montón de judíos y yo: ¿esto es bueno para todos nosotros? Sí y no.

Lo que está bueno es que existan maneras accesibles para que la población pueda poner en la agenda pública sus necesidades, llamar atención hacia éstas y conseguir soluciones efectivas. Lo malo es que no todo el mundo tiene posibilidad y recursos para protestar, y que los gobiernos deberían atender temas tan cruciales como la pobreza (que hoy afecta al 30% de la población) y la desigualdad dentro de sus prioridades, con independencia de esta forma de expresión de demandas. Si no lo hicieren, no vamos a esperar que ni Dios ni la Patria se lo demanden, sabiendo lo bien que funciona ganar la calle.

 

Lorena Moscovich

Politóloga, investigadora y profesora adjunta en la Universidad de San Andrés.

https://elgatoylacaja.com.ar/ganar-la-calle/

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